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Una de las mejores decisiones de mi vida fue elegir durante mi adolescencia Teatro como actividad extraescolar. Ese fue mi primer contacto con el mundo de la interpretación, donde me enfrenté a un clásico de la talla de Romeo y Julieta, a unos entremeses de Cervantes y al surrealismo desacomplejado de La cantante calva.
Aunque este amor a las tablas quedó en un segundo plano durante los cinco años en los que estudié Comunicación Audiovisual, la cabra tira al monte. Así que, al llegar a Madrid comencé a formarme con Arantxa Iglesias, con quien montamos Metro y Caricias. Un año después, Raquel Romero me enseñó las primeras pinceladas de improvisación, y años más tarde profundicé en esta técnica de la mano del actor y director Álex Chacón en la escuela Punto de partida. Con él comencé a ser consciente de la importancia de la escucha en escena, de estar en el aquí y en el ahora.
Desde el 2011, han sido muchos los personajes que he encarnado sobre el escenario, tanto en obras más ligeras, como por ejemplo Sueño de una noche de verano, Arsénico por compasión o Un cadáver a los postres, o en dramas terriblemente duros, como en Vacío, Terror y miseria del Tercer Reich, y en Las Manos. Las últimas obras en las que participado son Después de la lluvia y Nuestra Cocina.
No solo de teatro vive el actor, así que en 2012 me lancé a formarme en interpretación a cámara. Mi primer docene fue Toni Martínez, y años después seguí entrenando con Javier Luna en Azarte y Alpha Estudio.
Me considero un actor de método y, a la vez, me gusta beber de diferentes técnicas para así aplicar la que mejor le venga. Soy de los actores que piensan que lo importante siempre es alcanzar la verdad de tu personaje, uses la herramienta que uses. Cuando trabajo un personaje, aplico toda la energía necesaria para lograr transformarme en otro.
Aparte de actuar en teatro y protagonizar campañas publicitarias, he participado en series como Amar es para siempre o Vergüenza.